a bitácora es, tradicionalmente, parte de un bajel marítimo, el armario cerca del timón donde se guarda la brújula y, a su lado, un cuaderno que narra el historial y el hado de la nave y es pertenencia del capitán. A la vez, hoy día en el idioma castellano el término
cuaderno de bitácora, o, lacónica y metonímicamente,
bitácora, ha pasado a ser alternativa casticista para significar algo bien moderno, el diario de a bordo de una mente o vida individual que en el hegemónico inglés se llama
weblog o, corrientemente,
blog, tomando su origen de ese mismo
cuaderno de bitácora, que en aquel idioma es
logbook o
log. Quien, como
Héctor Domingo elige denominar sus relatos de
bitácoras, se encuentra, así, a medio caballo entre tradición y modernidad, bicéfalo como un Jano, una de cuyas cabezas mira una tradición literaria de aventuras mientras la otra contempla el universo presente y futuro de las redes.
Hallamos en la cubierta del volumen una sugestiva imagen: la de una botella lanzada al mar, en cuyo interior hay una hoja portadora de algún mensaje. Aquí el lector pensará en ese gran cuento marítimo de Edgar Allan Poe, ‘Manuscrito hallado en una botella’ (‘MS. Found in A Bottle’), relato que ya tuvo vástago latinoamericano en el ‘Manuscrito hallado en un bolsillo’ de Julio Cortázar. La narrativa onírica y fantástica del cuento de Poe, diario de a bordo de un ex-anticuario que viaja en dos navíos, uno real que naufraga y otro fantasmal que lo lleva a un terrorífico destino, se redacta con material de escribir que el protagonista consigue pillar de la cabina del capitán. De algún modo, así, el relato del gran norteamericano es no sólo mensaje echado al mar sino también una suerte de
bitácora.
Es cierto que la bitácora de la época cibernética se estructura según un principio de cronología invertida, apareciendo en primer lugar los eventos más recientes. En ese aspecto, estos seis relatos, las bitácoras de
Héctor Domingo, son más tradicionales, pues conservan la cronología creciente (en vez de decreciente) de la narrativa linear más familiar. No obstante, estas seis bitácoras forman una secuencia inédita, pues aunque cada cuento nos da a conocer a personajes diferentes, la secuencia de las entradas nos conduce desde el mes de enero en el primer relato hasta el de diciembre en el último, así constituyendo a sus ficticios sujetos como protagonistas de un año ritual (si bien un año que no llega ni a Navidad ni a Saturnales, pues todo acaba cuando amanece un enigmático 12 de diciembre ...).
A través de esos seis relatos, conocemos a una serie de personajes que rechazan, o a quien se les quita, los lazos familiares que los amarran a la sociedad. Hay empleos que se pierden, contratos que se anulan, expulsiones de domicilio, gente a quien se secuestra o a quien se interna por enfermedades inexplicadas. A la vez y no obstante, cada cual de estos protagonistas sin timón ni brújula tiene su cuaderno y escribe su
bitácora, relación que constituye su propia historia y en cuya composición se autoobserva, autocomenta y, a fin de cuentas, autodefine. Son
bitácoras de soledad, y en ellas hay soledades terribles, epopeyas de la comunicación frustrada, del anhelo por una solidaridad inalcanzable, que podrían recordar al José Saramago de una novela como
Todos los nombres. Al tiempo y pese al extraño ambiente de enajenación que domina en el universo de estos cuentos, hay, como en Saramago, siempre un corazón humano que late, que rechaza la deshumanización de lo cotidiano y anhela una alternativa utópica y tal vez, quién sabe, incluso posible – utopía que luce en el mismo acto de escribir, de compilar, de crear y autocrearse a través de esa actividad, hoy día eminentemente actual, de ir urdiendo y tejiendo esas narrativas del ser en evolución que nosotros, como los buenos hijos del ciberespacio que ya somos, llamamos
bitácoras.